Amiga Luna (2004)



Hace unos años, que digo años, siglos que sucedió el hecho que da lugar a esta historia que os quiero contar. Un astrónomo, filósofo y matemático griego que, como todos los   griegos de esa época era muy listo, dedicaba día y noche al estudio del firmamento. Su intención era contar y clasificar todas las estrellas, planetas y demás cuerpos celestes que podía observar. Era una labor muy exigente y ardua, por lo que frecuentemente se quedaba dormido encima de su colección casi infinita de planos, mapas, apuntes y bocetos. Una de esas noches en que el genio estaba en los brazos de Morfeo, su joven ayudante Luna se encontraba absorta y atónita ante lo que acababa de presenciar. Por el nombre de la chica ya os podéis imaginar que fue lo que vio: un inmenso círculo plateado había surgido de la nada y destacaba claramente en medio de la noche, con un brillo y belleza muy superior al de cientos de estrellas. Para alivio de todos nosotros no fue el astrónomo quién descubrió la luna, porque de haber sido así ahora estaríamos hablando de la Necodomia al referirnos a ese astro que toma el relevo del sol cuando éste está agotado.

El revuelo que causó la recién bautizada Luna fue espectacular. La gente empezó a dormir durante el día para poder pasar la noche mirando embobados al círculo plateado. Fueron tiempos de mucho calor, el sol refulgía con más fuerza que nunca celoso del protagonismo robado por su nueva compañera. Miles de fiestas y celebraciones en honor a la luna tenían lugar en todos los confines de la tierra, cualquier ocasión era buena para reunirse y hablar horas y horas sobre la misteriosa aparición. No faltaban los agoreros que presentían una fatalidad inminente, una especie de castigo divino, pero hasta ellos tenían que reconocer que desde que la luna estaba allí todo había mejorado: las noches no eran tan oscuras, los poetas escribían las mejores obras creadas desde largo tiempo y había desaparecido el miedo general a la noche.

Nadie lo quería creer, no podían dar crédito, era demasiado malo como para aceptarlo sin más: esa noche la luna no estaba en el cielo. Por más que buscaban no aparecía por ningún lado. Y una luna no se pierde así como así, tan fácilmente. Con la llegada del nuevo día todo el mundo comentaba apenado lo sucedido aquella fatídica noche, mas había fe en que la siguiente noche la luna no faltaría a su cita. Pasaron cientos de noches y la luna no volvió a aparecer. Los pueblos de la tierra estaban tristes y vagaban durante la noche con la esperanza de poder ver de nuevo el círculo plateado. En todo pueblo había un viejo contando una vez más como era de bella la luna y los poderes que tenía; ¿poderes?, en fin, ya sabéis lo exagerados que son los viejos de los pueblos.

Hartos de lamentarse noche tras noche, los reyes de todos los pueblos del mundo se reunieron y discutieron durante días buscando una solución, la luna tenía que volver a toda costa. Fruto de esta reunión partieron miles de mensajeros a uno y otro confín, en cien días los hombres más fuertes de la tierra debían presentarse en el palacio de hielo, morada del rey Gélido, en el centro exacto del polo Norte. Los rumores no cesaron y creció la esperanza, aunque nadie acertaba a imaginar cómo iban a conseguir unos hombres, por muy fuertes que fuesen, que la luna volviera a aparecer.

Cien días después, los cien hombres más fuertes del mundo se encontraban en el centro del polo Norte, haciendo demostraciones de su hercúlea fortaleza. Un fortachón ruso traía su casa a cuestas, mientras un fornido alemán sostenía con una mano a más de mil personas. Realmente podéis creerme cuando os digo que eran los hombres más fuertes del mundo.

Una fuerte voz proveniente del balcón principal del palacio de hielo acalló a la incontable multitud, se dice que todos los habitantes de la tierra estaban en el polo Norte aquella fría mañana. Era la atronadora voz del rey Gélido, que acompañado de todos los reyes del mundo dio lectura a un gran bando que portaban dos sirvientes:

- Habitantes de la tierra, me dirijo a vosotros para explicaros la convocatoria de los hombres más fuertes. Todos necesitamos ver de nuevo el círculo plateado, todos echamos de menos a la luna por las noches. Mis infinitos bosques han sido talados y tronco tras tronco hemos construido la cucaña más grande jamás vista, llegará hasta las estrellas.

Millones de troncos atados con gruesas cuerdas partían del palacio de hielo, era imposible divisar el final de la hilera.

- Forzudos, ¡levantad los troncos! -ordenó Gélido.

A su orden los cien fortachones fueron colocándose en fila junto a unas largas sogas atadas a los troncos para poder levantar el colosal ingenio. Más de dos días enteros estuvieron tirando los cien hombres más fuertes de la tierra hasta que consiguieron poner en pie el gigantesco tronco de troncos.

- Ahora podemos hablar con las estrellas -afirmó el rey. Aquel valiente que ose subir todo el tronco y preguntar a las estrellas por la luna será recompensado con unas inmensas riquezas.

La euforia inicial del gentío dio paso a un violento silencio. No era posible ver el final de la hilera, era humanamente imposible lo que el rey Gélido proponía. Era evidente que la desesperación por no tener a la luna había hecho delirar a los reyes. Cuando toda la multitud se estaba retirando pesarosa ante la idea de no volver a ver a la luna, una jovial voz rompió el helado ambiente.

- Yo lo haré. Quiero volver a ver a la luna.

Una muchacha estaba desafiante frente al inmenso tronco. La risotada que profirió todo el mundo a punto estuvo de provocar una avalancha.

- ¿Estás segura? -preguntó el rey.
- Tan segura como de que me llamo Marta -respondió sonriente.

Y dicho esto, empezó a subir por la cucaña. Muchos se quedaron para ver su fracaso, pero se fueron desanimados al contemplarla desaparecer entre las nubes. Marta trepaba y trepaba sin descanso, sus ganas de volver a ver a la luna eran mucho mayores que el cansancio que iba apareciendo. Atravesó nubes, cada vez hacía más frío y estaba más oscuro, pero ella proseguía sin descanso. Mas la misión era casi imposible, por lo que poco a poco fue perdiendo ímpetu, cada vez avanzaba más lentamente, empezó a perder la fe. Fue en esos momentos cuando más se repetía a si misma lo feliz que sería si volviese a ver a la luna y este pensamiento le daba fuerzas para seguir. Y finalmente, cuando menos lo esperaba, llegó al último de los troncos. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuántos troncos había subido?

El panorama era impactante. Marta se encontraba en medio de la inmensidad del cielo rodeada por estrellas, luceros, cometas y luces de colores, todas ellas trazando movimientos indescriptibles. Era bellísimo y conmovedor.

- ¡Luna, luna, luna! ¿Dónde estás? -gritó al cielo Marta.

Pero no obtuvo respuesta y, tras gritar y preguntar por la luna durante horas, Marta se tumbó en la gran base del último tronco a descansar agotada. Al poco rato una luz roja brillante se detuvo frente a su cara, sobresaltando y despertando a Marta.

- Hola, ¿quién eres? -una voz chillona parecía surgir de la luz roja.
- Soy Marta -acertó a decir asustada. ¿Tú eres una luz habladora?
- Si que soy parlanchina, al menos eso me dicen siempre mis amigas -afirmó la luz roja. Perdona que no haya dicho mi nombre, soy Refulgente, una estrella. ¿Qué haces aquí?
- Busco a luna, hace mucho que no la vemos.
- Luna, ¿quién es luna?. No conozco a nadie que se llame así. ¿Y vienes desde allí abajo en su busca? Debes echarla mucho de menos -dijo Refulgente.
- Sí, la echo de menos. Todas las noches me asomaba a la ventana, me encantaba su brillo plateado.
- ¿Luna es grande, plateada y sólo la puedes ver por las noches? -preguntó la estrella.
- Sí, ¿la conoces? -dijo ansiosamente Marta.
- Claro que la conozco, pero no con ese nombre. Aquí todos la llamamos Plata. Hace tiempo que salió a ver a su primo Lejano -respondió Refulgente.

Marta estaba exultante de alegría. Estaba hablando con una estrella como si fuera la cosa más normal del mundo y ella conocía a la luna, perdón, a Plata.

- ¿Quién es Lejano? -preguntó curiosa.
- El último de los planetas de esta zona. Plata está siempre de visita, tiene muchos amigos. Algunos días va a hablar con Presumido y ve sus anillos, otros días está con su hermano Oro y cuando tiene prisa queda con Brillante que está más cerca.
- Oro debe ser el sol. ¿Plata y Oro son hermanos?
- Claro, ¿no lo sabías? -asintió la estrella extrañada como si fuese una cosa que todo el mundo debía conocer. Has tenido suerte, Plata está a punto de llegar.

En menos tiempo del que se tarda en parpadear la luna estaba frente a Marta en todo su esplendor. Marta se quedó perpleja y sin habla, vista tan de cerca la luna era aún más bella de lo que había podido imaginar jamás.

- ¿Qué tal estás, Marta?. Ya os he oído hablar según venía. ¿Me buscabas? -la voz de la luna era suave y penetrante.
- Plata, Luna, ¡qué bonita eres! -dijo Marta saltando alborozada. Todos te queremos, ¿por qué has desaparecido sin avisar?
- Marta, el firmamento es inmenso y tengo muchos amigos a los que visitar.
- Pero nosotros no podemos vivir sin ti, no podemos resignarnos a verte una vez cada mil años –afirmó entre sollozos Marta.

Era tal la pena de Marta y es tan buena la luna que le dijo:

- Vamos a hacer lo siguiente: a partir de ahora cada mes me veréis unos días. El resto de días me iré a visitar a mis amigos del firmamento y para que no me echéis de menos dejaré mi estela, que irá creciendo o decreciendo según lo cerca o lejos que esté. ¿Qué te parece, Marta?
- ¡Genial! -chilló Marta. Plata, si vuelvo a la tierra tendría riquezas pero prefiero quedarme a vivir encima tuyo. ¿Puedo?
- Claro que sí, así tendré una amiga con la que hablar siempre -respondió contenta la luna.

Y así han pasado días, semanas, años y siglos, Marta y Plata visitando planetas y estrellas por todo el firmamento y los hombres viendo a la luna llena unos días cada mes. Si miráis atentamente a la luna seguro que veréis a Marta correteando por su superficie, haciendo cosquillas a la luna, hablando con las estrellas...puede que la historia de la luna sea ésta que os he contado, puede que sea otra, quién sabe. Lo que es cierto es que si conoces a alguien especial no esperes a que se haya ido para decirle lo especial que es, díselo todos y cada uno de los días para que lo sepa.


                                                                                                 FIN

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