Érase
una vez un reino muy lejano de inmensos parajes y belleza sin par. En este
maravilloso reino gobernaba desde lustros un rey conocido por su gran
generosidad y por el excelente trato que daba a sus súbditos. Su mayor alegría,
una vez que su bellísima esposa encontró la muerte en una tempestad, era
liberar reinos oprimidos por calamidades o bestias inmundas: el codicioso emir
de Sultana, el sanguinario gigante de Escaldia o el cíclope de Zoltaria se
hallaban entre sus hazañas resueltas con éxito y presteza. Mas el rey se iba
haciendo viejo…
Sus tres hijos habían crecido,
eran ya unos jóvenes deseosos de servir a su padre. El rey se resistía a
encomendarles una peligrosa misión, pero sentía que el que realmente corría
peligro era él mismo, sus reflejos no eran felinos como lo fueron en su día y a
duras penas podía levantar su gigantesca espada. Ciertamente los príncipes eran
los más indicados para continuar su labor. Su hijo mayor era el mejor
espadachín de todos los reinos conocidos, su espada se movía a tal velocidad
que era imposible batirle en un duelo. El segundo de sus hijos tenía una fuerza
impresionante, sus músculos eran de puro acero, se comentaba que era capaz de
derrotar sólo a todo un ejército. Sin embargo poco se podía destacar del tercer
príncipe, quizás su carácter reservado y gran corazón le hacían el preferido
del rey, era el único que meditaba antes de actuar y sabía escuchar.
El rey profesaba un inmenso
cariño hacia sus hijos, acentuado por la ausencia de la reina. Por este motivo,
como primera misión, los príncipes fueron enviados a derrocar al malvado rey
Frondoso, que tiranizaba al reino de los bosques. Era un encargo fácil, ya que
el rey Frondoso estaba muy debilitado y su imperio tiránico estaba en franca
decadencia. En menos de una semana el rey recibía a sus hijos acompañados del
malvado rey Frondoso arrepentido por completo de sus villanías. Miles de
regalos llegaron a palacio de los agradecidos habitantes del reino de los
bosques, que fueron repartidos por el rey generosamente entre sus súbditos. A
esta misión siguieron cientos que requerían mayor valor y firmeza: el ogro del
reino verde, el pérfido sultán de Persia, la bestia marina del océano del Norte
e infinidad más, sólo nombrarlas me llevaría días.
Siempre que finalizaban una
misión con éxito los tres príncipes se presentaban a su padre y le relataban la
historia con todo detalle. El hijo mayor destacaba como derrotó a la fiera con
un solo movimiento de su espada, el segundo hijo relataba como aplastó al ejército
del malvado gobernante sin el menor esfuerzo y el tercer hijo comentaba la
heroicidad de sus hermanos y la felicidad de los pueblos liberados. Estos
relatos eran esperados con gran ansiedad por el rey, que revivía sus antiguas
hazañas, imaginaba todos y cada uno de los combates, sentía incluso el aliento
fétido de las bestias que sus hijos hacían desaparecer.
Todos los reinos eran felices y
gozaban plenamente de su libertad, los príncipes habían derrotado a todas las
bestias que uno pueda imaginar, derrocado a todos los tiranos y devuelto la
armonía en todos los confines. No obstante, el príncipe menor estaba inquieto
puesto que habitantes de distintos reinos que visitaban le hablaban de un
misterioso reino, situado en medio de la inmensidad del gran mar, una isla
llena de vegetación devastada bajo el fuego, negra como el carbón. ¿Serán
felices su habitantes? solía preguntarse constantemente.
Pasaron los años y esa noche el
rey y sus hijos volvían de un festejo en un reino cercano, al que por supuesto
habían liberado de un maligno mago hacía tiempo. En la puerta del palacio yacía
un hombre con la piel ennegrecida, delgado como una vara y con los ojos fuera
de órbita.
- ¿Está muerto? – preguntó el
rey.
Sus hijos se acercaron al hombre,
que débilmente acertaba a decir ‘maldito dragón’. Le alojaron en el palacio,
curaron sus heridas y dieron de comer copiosamente y, cuando el enigmático
invitado se sentía sano de nuevo, les contó una increíble historia. Era un
habitante de la isla negra, un gran mal tenía sometido a su pueblo desde
tiempos inmemoriales. Bosques quemados, fuegos continuos y multitud de osados
que desaparecían al adentrarse en la gran cueva negra. La razón, el invencible
y maléfico dragón negro, criatura infernal de más de ocho cabezas, con garras
del tamaño de una montaña, fuerza de mil titanes, llamaradas de más de cien
leguas y varios miles de pies de altura. El hombre de la isla negra también
detalló como era su negra piel, su negro cuerpo y su negro corazón. Incluso la
forma en que devastaba todas las noches los bosques comandando una horda
terrorífica de gigantescos dragones.
- ¡Eso no es posible! – gritó el
primer príncipe. Todos los dragones en la faz de la tierra han sido fulminados
por mi veloz espada.
- Así es, hermano, con mi fuerza
he liberado a todos los reinos de sus penalidades – bramó el segundo príncipe.
- ¿Alguien ha visto al dragón
negro? – preguntó el tercer príncipe.
- Nadie ha sobrevivido para
contarlo – respondió el habitante de la isla negra. Los temerarios que han franqueado
la entrada de su morada, la cueva negra, han proferido gritos de dolor que no
dejan inmune a nadie en la isla.
Dicho esto, los príncipes
volvieron la vista al rey y le imploraron que les dejase partir a liberar a la
isla del dragón negro. El rey no quería dejarles partir, pero era tal su ímpetu
que le resultó imposible negarse, por lo que los tres príncipes partieron hacia
la isla negra al día siguiente, guiados por su invitado. Una gran tristeza se
apoderó del rey, recordó que hacía mucho tiempo él emprendió el mismo camino,
la empresa en la que su mujer perdió la vida y él estuvo a punto de perecer en
las profundidades del mar.
La travesía a la isla negra
parecía no tener fin, los príncipes preguntaban impacientemente a su guía si se
encontraban próximos a la isla negra y él no respondía. Tras cientos de días,
cuando habían perdido toda esperanza, una pequeña isla negra apareció en la
inmensidad del mar. Una tempestad se desató, las olas eran del tamaño de un
cíclope, la bravura del mar era incontenible, el navío quedó destruido en mil
pedazos y cerca estuvieron los príncipes de encontrar la muerte.
Llegaron nadando a la playa, de
arena negra y rocas negras, como cabía esperar. El guía les condujo al poblado,
que no era más que un puñado de casas subterráneas. Este detalle llamó la
atención al tercer príncipe, que preguntó a los escasos habitantes:
- ¿Por qué vivís bajo tierra? –
interrogó curioso.
- En el exterior todo está negro
y calcinado, no nos arriesgamos a encontrarnos con un dragón gigante arrasando
la isla – comentó con miedo un lugareño.
- Mañana saldré al exterior, iré
a la cueva negra y mataré con mi espada al dragón negro para daros la libertad
– afirmó seguro el primer príncipe.
- ¡No lo hagas, muchos lo han
intentado, hallarás la muerte segura! – le gritaron los habitantes de la isla
negra.
Caso omiso hizo el príncipe y, a
la mañana siguiente, partió hacia la cueva negra con su espada, aquella que
podía partir rocas como si estuvieran hechas de arcilla. Otros hechos me
gustaría relataros, pero en honor a la verdad debo confesaros que sus gritos de
dolor se oyeron por toda la isla. Por la noche sus hermanos quisieron salir de
su escondrijo subterráneo para saber de él, pero los habitantes les aseguraron
que las noches eran el reinado de las hordas de dragones, toda la isla ardía
durante varias horas. En la cena, el segundo príncipe se levantó y dijo:
- Mañana saldré al exterior, iré
a la cueva negra y mataré con mi fuerza al dragón negro para daros la libertad
y vengar a mi hermano – afirmó rabioso.
De nuevo los habitantes de la
isla negra intentaron convencerle de lo temerario y peligroso que era,
contándole cómo sus familiares habían desaparecido en similares circunstancias.
El segundo príncipe no les escucho y a la mañana siguiente partió hacia la
cueva negra confiado en su fuerza. Bien sabéis que una hazaña me gustaría
contar, pero la realidad es que esta vez los gritos de agonía resonaron en
todos y cada uno de los rincones de la isla negra durante dos días.
El tercer príncipe se encontraba
tremendamente apenado por la pérdida de sus hermanos, así que, armado de valor
y pese a los avisos de sus amigos de la isla negra, partió hacia la cueva del
dragón. Una senda de cenizas marcaba claramente el camino a la casa del malvado
dragón negro, en poco tiempo el príncipe llegó a una gran cueva, capaz de
albergar a los habitantes de más de cien reinos.
Con un inmenso temor el príncipe
se adentró en la cueva y, cuando apenas había caminado dos pasos, vio un ojo
del tamaño de una nube observándole. Petrificado por el miedo, asistió a una
escena que intimidaría al más valiente de los héroes: un gigantesco dragón
negro se alzaba ante sus ojos, con un estruendo similar al de un volcán en
erupción. Era tal su tamaño que, levantando la vista, el príncipe sólo
alcanzaba a ver sus rodillas negras. Su piel era negra y dura, su olor pútrido,
sus garras amenazadoras.
El dragón negro agachó una de sus
cabezas y la acercó a escasos milímetros de la cara del príncipe. Pasaron
segundos que al príncipe le parecieron horas, el dragón negro era mucho más
horrendo de lo que le habían descrito. Y al rato el dragón negro abrió una de
sus inmensas fauces, dando el príncipe su muerte por segura. Un hilo de voz
rompió el tenso silencio:
- ¿Por qué no me atacas? – dijo
el dragón.
- ¿Cómo? – preguntó atemorizado
el príncipe, sin saber de donde provenía la voz.
- Eres el único que no me ha
atacado – dijo la melódica voz.
Sin duda la voz procedía del
dragón, por inaudito que pareciese. Asombrado y perplejo, el príncipe acertó a
decir:
- Si alguien no me ataca primero
yo no tengo razón para atacarle.
- Yo no te atacaré, siempre me
atacan primero sin preguntar. Los asusto y me golpean con sus espadas y armas –
respondió el dragón.
- Pero tú acabas con ellos, todos
oímos como gritan de dolor bajo tus torturas – rebatió el príncipe. Además
hordas de dragones devastan la isla noche tras noche.
- Anteriormente todos los
dragones acudían a la isla por las noches a hacer alardes de sus poderosas
llamaradas. Desde que los tres príncipes aparecieron ya no vienen más –
sentenció el dragón.
Efectivamente sus hermanos y él
habían acabado con todos los malvados dragones. Con todos menos con el dragón
negro.
- No pareces tan malvado como
dicen, no puedo creer que hayas matado a tantas personas y arrases todas las
noches la isla.
- Soy un dragón, los dragones
somos demoníacos, escupimos fuego y matamos a la gente. Todo lo he hecho porque
el resto de los dragones se avergonzaban de mí, ¿puedes creer que soy incapaz
de escupir fuego? También soy incapaz de matar a nadie, por muy fiero que
parezca.
- Entonces, ¿dónde están todos
los que osaron venir a la cueva negra? – replicó el príncipe.
- Viven en la cueva conmigo,
fingieron que yo les mataba y por las noches arrasan los bosques a condición de
seguir vivos.
- Pero si tú no les vas a matar…
- Calla, se supone que soy un
dragón – confesó pillo el dragón.
- ¿Harás lo mismo conmigo? Ahora
que los demás dragones no viven no tiene sentido que sigas con esta farsa.
El dragón negro asintió con todas
sus cabezas, soltó al príncipe y le llevó a una gran sala, donde un gentío
estaba divirtiéndose, riendo y pasando un buen rato. Pronto distinguió a sus
hermanos, fue tal su alegría que no pudo por menos que gritar. Se fundieron en
una abrazo y le contaron lo bien que vivían en la cueva negra, lo amable que
era el dragón con ellos. Mas toda la gente allí echaba de menos a sus
familiares y amigos. El dragón negro tenía un gran corazón, pequeño en tamaño
pero infinito en bondad. Dejó partir a todos, pesaroso de quedarse sólo y de
que nadie querría estar con él por el pánico que infundía.
La sorpresa para el dragón fue
descubrir que el corazón del tercer príncipe era el más bondadoso y generoso
que jamás se haya conocido. El benjamín preparó una gran fiesta en honor al
gran dragón negro, donde habitantes de todos los reinos acudieron a celebrar
que la paz y la felicidad estaba presente en todo lugar. Y mucho tiempo gobernó
el rey bajo los sabios consejos de su hijo pequeño y el dragón negro, tiempos
de generosidad y armonía bajo su mandato desde una preciosa isla, frondosa y
bella sin par: la isla dragón.
FIN
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