Diciembre
siempre ha sido un mes especial en mi vida. Muy especial. Un frío tres de
diciembre decidí no aguantar más y salir a conocer el mundo imaginado con las
descripciones que oía desde el vientre de mi madre, un cinco de diciembre
conocí a la que sería mi esposa, un dos de diciembre mi hijo Nacho iluminó por
completo nuestras vidas. Hoy, diez de diciembre, empiezo a trabajar en la
comisaría centro.
Tras varios años en la academia y
un expediente inmaculado, aquí estoy dispuesto a dar lo mejor y servir a los
ciudadanos. Espero mantener este espíritu intacto pasado el tiempo. Siempre he
sido un perfeccionista y creo firmemente que con mi compromiso y esfuerzo esta
comisaría empezará a funcionar como un reloj suizo. Actualmente funciona como
un reloj de los que regalan con los cereales y además no es sumergible. Mi
trabajo será valorado como se merece y en breve recibiré la notificación de mi
ascenso.
- ¡Pérez, a mi despacho! - una
voz infernal surge del otro lado del pasillo.
- Inmediatamente acudo, mi
comisario - contesto presuroso al usurpador de mi puesto, pronto las tornas
cambiarán.
El despacho del comisario Tomás
no puede ser más penoso. Pilas ingentes de papeles, abundando el tono amarillo
que nada dice en favor de la presteza de este hombre, cientos de colillas
rebosando en ceniceros de dudoso gusto, diplomas y certificaciones sacados
directamente de una tómbola y, lo que más me llama la atención en estos tiempos
que corren, un ordenador del siglo pasado, cuyo sistema operativo ni me atrevo
a aventurar. Un todo a cien o
todo a seis euros (¿por qué los llaman así si luego todo cuesta más?) es más
presentable que esta pocilga llamada despacho.
Tras media hora de animado
monólogo por parte del comisario, una idea me ha quedado clara: Carmelo el
butronero es el enemigo público número uno de la comisaría centro. Me insistió
hasta el hartazgo de su peligro, de su osadía, de su alevosía. Carmelo debía
ser detenido de inmediato.
Estimado lector, como primero de
mi promoción en la academia me veo en la obligación de clarificar el término
butronero, es normal que sea desconocido por usted, no todos estamos tan
versados en estos temas. No se preocupe por su ignorancia, hoy es su día de
suerte, además de muy inteligente soy amable. Con la palabra butronero nos
referimos a aquel ladrón, pillo o chorizo de poca monta que se gana la vida
haciendo boquetes en las paredes para llegar al objetivo de su robo. Los
butroneros son leyendas entre el gremio, con una imagen de artesano que se encargan
de fomentar. No corren buenos tiempos para la 'profesión', las nuevas
tecnologías y el avance en la seguridad les ha relegado a un segundísimo plano
a todos. Sin embargo, la excepción confirma la regla: Carmelo goza de una fama
jamás soñada por un mísero butronero.
Un vulgar ratero, un mal imitador
del topo, un horadador de tabiques trae en jaque a toda una comisaría: ¡qué
vergüenza!. Si yo fuera el comisario este asunto estaría resuelto en un abrir y
cerrar de ojos. Pese a las risas y burlas de mis compañeros, he aceptado el
caso y me he comprometido a resolverlo antes de fin de año. Este caso será mi
trampolín a la estratosfera del cuerpo policial.
El comisario me ha comentado que
sus informadores, seguramente chorizos extorsionados, saben que Carmelo anda
buscando un sustituto para cubrir la baja del Cizallas, su mano derecha. No me
será difícil embaucarle y convencerle de que mis conocimientos de informática,
detectores sísmicos y microfónicos me hacen el candidato ideal para ocupar el
puesto vacante. Tras un día de preparación, no malgastaré más tiempo en una
misión tan burda, me encuentro capacitado para salir en la búsqueda de Carmelo.
Llevo dos días vagando por los
bares más pintorescos del peor barrio de la ciudad vendiendo mi imagen de profesional
y adjudicándome la autoría de unos cuántos robos que el patán de Tomás no ha
sabido resolver. Les encanta cuando llamo patán al comisario, hasta los
chorizos están de acuerdo en su incompetencia. Ya he oído hablar del mítico
Carmelo, que si ahora está en racha, que si teniendo como maestro al viejo
Zoilo le es fácil. El viejo Zoilo es una leyenda entre los butroneros
españoles, el mejor de todos los tiempos, aunque yo personalmente siempre he
apreciado la mayor precisión y seguridad de los butroneros italianos. Me he
hecho llamar Boquetes, apodo que sin duda atraerá al butronero.
- ¿Cómo es Carmelo? – pregunto a
varios rateros en un bar mugroso.
- Pues soy un chulo y estoy hasta
los huevos de oír tu puta charla, cabrón – responde destempladamente el tío de
mi derecha.
- Así que tú eres Carmelo. Yo soy
el Boquetes – digo ofreciendo mi mano.
- ¡Qué te jodan! – responde y se
aleja al otro lado de la barra.
- No le hagas caso, Boquetes,
Carmelo es así – comenta Paco, un timador que me ha cogido confianza en poco
tiempo. Tiene tics y casi todo el rato está soltando borderías y tacos.
Mi pobre inculto amigo Paco
estaba listando sin saberlo uno a uno los síntomas del síndrome de Tourette,
conocido porque los tics de la cara pueden incluir contracción de la nariz o
muecas. A menudo, los pacientes emiten sonidos, palabras, o frases raros e
inaceptables. A veces gritan obscenidades o groserías involuntariamente
(coprolalia) o repiten las palabras de los demás constantemente (ecolalia). Perdón,
me dejo llevar por mis amplios conocimientos.
- Tienes el síndrome desde
pequeño, ¿verdad? – pregunté en voz alta a Carmelo.
- Por fin alguien que sabe de que
habla en este antro – giró la cabeza clavando sus minúsculos ojos en mí. Perdona
que haya estado tan brusco, no puedo controlarlo. Ya sabes lo que dicen, todos
llevamos un bicho dentro.
¿Un bicho? Querrá decir una
bestia, pero cualquiera le corrige. El nimio detalle de conocer su enfermedad
me ha valido para ganarme su confianza, a los diez minutos ya estamos hablando
como si fuéramos íntimos. Francamente es un tipo de lo más peculiar, un freak
en toda regla. Desaliñado, con gusto por todo tipo de licores (en media hora ya
ha repasado todas las variedades de orujo y aguardiente de la tasca) e
ignorante en grado sumo.
- El Cizallas era un listo, me
quiso timar y yo eso no lo paso. Ya sabes lo que dicen, Boquetes, el que la
hace la debe – una vez más se equivoca en un dicho, ya he perdido la cuenta.
Estoy enfadado, con el torpe de Tomás al mando hay que aprovechar para pegar
unos palos más. Tenía planeado uno gordo a una joyería, lo tendré que dejar
para otra ocasión.
Tengo que disimular para no dejar
ver mi emoción ante estas palabras. Sutilmente dejo caer:
- Ya sabes que yo soy un experto
en informática y detectores sísmicos. Mataría por pegar un palo contigo, estoy
justito de pasta y también me encantaría reírme del capullo del comisario.
- ¿Informática? ¿detectores? ¿qué
pelotas estas diciendo, mamón? – grita, esta vez dudo si presa de Tourette o
por iniciativa propia. Yo necesito a un tío que traiga el instrumental, a
saber: un taladro, una
palanqueta, una cizalla, un cincel, una maza, destornilladores, alicates,
martillos, brocas, distintos tipos de llaves y un formol. ¿Lo tienes y sabes
usarlo, chaval? – me dice despectivamente.
- A la vieja usanza, ¿no? Por supuesto, ya
sabes lo que dicen, Carmelo, cada maestrillo tiene su manualillo – me equivoco
adrede y acierto, la carcajada de Carmelo resuena en todo el bar.
- Me has caído bien, en diez días damos el
palo. Nos vemos el día antes aquí y concretamos detalles, aunque es pan comido.
Adiós, Boquetes.
- ¡Adiós, Carmelo! – esta vez si me ha dado
la mano.
Al salir de bar noto que todos me observan
con respeto y admiración, yo, el Boquetes, acabo de hablar y planificar un robo
con el mítico Carmelo, aquel que tiene en jaque a todos los policías del
distrito.
Estos días están siendo aburridos, la calma
antes de la tempestad. Cada vez que mis compañeros se mofan preguntando por la
cercanía de año nuevo y mis nulos resultados debo morderme la lengua. En casa
estoy enfrascado en mis prácticas de butrones en un muro que pensábamos tirar
en breve, mi mujer apenas me habla porque les tengo olvidados en estos días
navideños, pero el ascenso merece todo tipo de sacrificios.
Ha llegado el día de la cita. Aquí estoy en
la tasca esperando a Carmelo, las calles están plagadas de gente haciendo
compras y chavales tirando petardos. Se abre la puerta, aparece el butronero
con un abrigo desgastado y raído, se acerca a mi mesa.
- ¡Qué puto frío hace! Vengo helado. Vamos
rápido con el tema, escucha y calla – me dice de mala manera.
- Perfec…
- He dicho que te calles. Mañana a las nueve
en punto forzamos la tienda que está junto a la joyería, y ya dentro hacemos el
boquete a la joyería. Nos llevamos todo lo que podamos trincar y después otro
boquete y salimos por la tienda del otro lado. ¿Entendido? – pregunta
inquisitivamente.
- Así que es cierto lo que se oye: dos
butrones. ¿Por qué no sales por el primero, ahorras tiempo y te arriesgas
menos?
- Es mi modus vivendi: siempre hago dos
boquetes. Ya te dije que soy muy chulo y me gusta reírme de los polis. Me gusta
que sepan que voy sobrado y les ridiculizo. En el primer boquete pongo: ‘por
aquí entro Carmelo’ y en el segundo ‘por aquí salió’. Me gustaría ver la cara
que se les queda – afirma para ponerse a reír de manera zafia acto seguido.
La firma de Carmelo en sus robos la conozco,
pero debo hacerme el tonto. Me levanto con suficiencia, me giro y le digo:
¡Mañana pegamos el palo, maestro!. Ni me responde.
Las nueve y cinco y no aparece. Me estoy
empezando a poner nervioso. ¿No vendrá al final? No puede ser. Mi plan es
perfecto y tengo al comisario con varios compañeros esperando en la tienda por
la que saldremos tras el robo. No les he dado detalles, sólo he asegurado que
allí tendrán a Carmelo con las manos en la masa y el botín. He visto
incredulidad en sus caras pero pronto me admirarán.
- ¿Preparado, Boquetes?
- ¡Qué susto me has dado! ¿empezamos?
- Vamos a la parte de atrás y fuerzo la
puerta trasera.
Le sigo con la pesada bolsa de herramientas y
en menos de lo que esperaba estamos dentro de la tienda: es habilidoso. Carmelo
va decidido a un muro, aparta un mueble, se sienta en el suelo y me pide una
tras otras todas las herramientas que llevo en la bolsa. Mi papel es de mero
espectador, Carmelo sólo abre la boca para pedirme las herramientas. Al poco
rato ya ha horadado el boquete y nos deslizamos hacia el interior de la
joyería. Empiezo a entender el porque de que este individuo sea una leyenda, lo
hace todo fácil. Lo que no sabe es que esta noche será su último palo, el
Boquetes acabará con su carrera de golpe.
- ¡No te quedes pasmado, vacía esos
mostradores! ¡Rápido, rápido!
- Tranquilo, Carmelo, tranquilo, esto está hecho
– empiezo a vaciar los mostradores, me agacho a tomar prestado un gran colgante.
- Eres un hijo de puta, cabronazo – está
cerca de mí gritando.
- ¿Otra vez Tourette? – me giraré para ver si
le han dado tics. Plaf, no me lo esperaba, un golpe seco en la cabeza, se me
está nublando la vista, qué dolor, me voy a desplomar…
¿Cuánto tiempo ha pasado? La cabeza me duele
una barbaridad, me ha atropellado un camión y no le he tomado la matrícula.
Estoy tirado en el suelo, veo infinidad de pies a mi alrededor, personas que
están hablando, ¿qué dicen?. ‘Otra vez, se ha reído de nosotros, maldito
Carmelo’ ‘Eso nos pasa por confiar en el estirado, al menos se ha llevado un
buen porrazo el muy prepotente’. Alzo mi cabeza con infinito dolor, sólo veo el
primer butrón, no hay segundo butrón. ¿Qué pone encima del boquete? No acierto
a leerlo. Me acercaré un poco reptando. Ahora sí lo leo: ‘Feliz día de los
indecentes, madero, por aquí entró y salió Carmelo’. Hoy es 28 de diciembre,
maldito diciembre.
FIN
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